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| En tren por las
Barrancas del Cobre |
| por
Adam Critchley |
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El viaje en tren a través de las
Barrancas del Cobre, en Chihuahua y Sinaloa, es uno de los más espectaculares
del mundo. Los dramáticos paisajes causan tanto asombro como la vía misma, una
impresionante estructura que tardó más de 50 años en terminarse. |
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La magna obra de ingeniería que
enlaza la ciudad de Chihuahua con la costa de Sinaloa, con una longitud de 700
kilómetros, es el resultado del sueño que tuvo un estadounidense hace más de un
siglo. Albert K. Owen llegó al puerto de Topolobampo en 1872 con la intención de
establecer un colectivo de agricultores, aprovechando la fertilidad del suelo
sinaloense, alimentado por 11 ríos. Al darse cuenta de que el puerto cuenta con
la tercera bahía más profunda del mundo (después de las de Sidney y San
Francisco), concibió construir un ferrocarril hasta la ciudad de Kansas, para
así acelerar el traslado de mercancías entre el estado de Texas y la costa oeste
de México. |
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El gobierno mexicano inició las
obras del ferrocarril en 1907, mismas que fueron interrumpidas por la Revolución
y por falta de recursos, y no fue sino hasta 1961 cuando se inauguró el tramo
completo. El enlace ferroviario abrió por primera vez el acceso a las Barrancas
del Cobre, bautizadas así por el color verdoso del liquen que crece sobre las
rocas. Hasta entonces, habían sido dominio prácticamente exclusivo de los
indígenas tarahumara o rarámuri, aquellos de "pies ligeros", una de las etnias
de México que más ha conservado sus tradiciones y forma de vida, debido al
aislamiento de su entorno. |
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Es un viaje lento, dado que la
vía del tren no puede inclinarse más de dos grados, y debe dar múltiples vueltas
para sortear la subida desde el nivel del mar hasta los 2,400 metros. "Tan lento
que parece que nos están empujando", me comenta un turista estadounidense,
parado en uno de los estíbulos que se encuentran en cada extremo de los vagones,
donde una puerta tipo establo, de dos partes, le permite a los viajeros asomarse
y tomar fotos. Dicha lentitud es parte del encanto; permite observar cascadas,
ríos de gran caudal, insólitas formas geológicas, la flora y fauna, los pueblos
y sus habitantes, que repentinamente aparecen enclavados entre las montañas.
También permite apreciar (y agradecer) el asombroso trabajo que fue dinamitar y
excavar los 86 túneles y construir los 37 puentes, desde los cuales el tren
parece volar por encima de ríos y brechas. Antes de que existieran, los pueblos
sierra adentro no tenían acceso a medios de transporte, y para llegar a
cualquier sitio era preciso caminar días enteros. |
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Suena el silbido |
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Alrededor de las
9 de la mañana unos cuantos pasajeros esperan la llegada del tren en la pequeña
estación. Algunos se agachan para colocar su oreja en la vía, como hacían los
indios que esperaban asaltar el tren en las películas del oeste. A diferencia
del difunto -- y muy extrañado -- servicio de tren de pasajeros en México, el Chepe
de Ferromex es puntual. Se vislumbra su faro a lo lejos, y poco a poco los
pasajeros, una mezcla de turistas extranjeros, tanto jóvenes mochileros como
jubilados, recogen sus pertenencias y se alistan. |
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Estamos en
El Fuerte,
Sinaloa, un tranquilo pueblo colonial a 90 minutos de
Los Mochis
por carretera. Fundado en 1564 en la ribera del río, fungía como la capital de
Sinaloa, Sonora y Arizona. Goza de un clima tropical, un parque que ostenta
hermosas especies de palmeras, tanto endémicas como de Cuba y California, y
elegantes edificios coloniales, como el palacio de gobierno, cuyo interior está
decorado con murales. El pueblo lo domina el imponente fuerte de gruesos muros y
costados de 100 metros de largo, construido para proteger el asentamiento tras
encuentros no muy exitosos con los nativos. Ahora alberga un museo (abierto
martes a domingos, de 9 a 21 horas; entrada libre). A poca distancia se
encuentra una serie de petroglifos de aproximadamente 1,500 años de antigüedad;
expresión artística de unos antepasados asombrados por su entorno. |
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El tren se detiene tan sólo unos
minutos. Arranca mientras llego a mi asiento, indicado por uno de los amables
controladores en uniforme de chaleco y gorra azul. Tras menos de una hora,
tiempo para desayunar unos picosos huevos con chilorio del restaurante que sirve
distintos platillos regionales caseros, empieza el paisaje montañoso. También la
subida. Las vías atraviesan el río Fuerte sobre el puente más largo del
trayecto, de 498 metros. Después de pasar la estación de
Agua Caliente cruzamos
el puente más alto, de 108 metros sobre el río. Hacia el lado derecho se observa
un puente colgante para peatones, y unos 20 kilómetros más adelante, uno de los
campos de cultivo de maíz más empinados del mundo. Del lado derecho de cada
túnel, un letrero anuncia su número y longitud. En algunos tramos el tren frena
hasta llegar a una velocidad mínima, al pasar por un túnel en reparación, donde
valientes trabajadores le aplicaban cemento al techo para evitar derrumbes. El
pueblo de Témoris, que lleva el nombre de una etnia de la región, se encuentra
en lo alto de la montaña, arriba de la estación de tren. Para lograr la empinada
subida, las vías dan tres vueltas alrededor de la roca maciza. Desde abajo y
arriba se observan los tres niveles. Al enderezarse de nuevo, la vía pasa por un
enorme letrero, construido con rieles, que conmemora la inauguración de la ruta
y documenta la cantidad de fondos invertidos. |
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La víbora y el Gallego |
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La siguiente parada es
Bahuichivo.
Decido bajar, lo cual equivale a pasar la noche, pues el tren pasa una sola vez
al día. Cruza las vías una fila de camionetas, con hombres sombrerudos sentados
en la batea, bebiendo cerveza en lata rumbo a la feria, desde donde se escucha
una altavoz anunciar el premio en el rodeo: unas botas de lagarto para el que
logre quedarse más tiempo sobre el lomo del toro. El paso de los pesados
vehículos levanta una cortina de polvo y en la polvorienta ventana trasera de un
auto alguien ha escrito "Dios hace milagros, pero no lava carros". |
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De aquí son unos 15 kilómetros
por terracería hasta Cerocahui, un pueblo de agricultores en un verdoso valle
rodeado de bosques. En el camino, una ambulancia yacía volcada en una curva.
Tome nota, viajero, son caminos peligrosos. |
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Desde
el hotel emprendemos una caminata hacia una cascada, nos adentramos en la brecha entre las montañas y
pasamos casas de madera con chimeneas humeantes. La cascada cae a un pozo
cristalino, y se antoja nadar, romper su superficie de espejo, a pesar del frío.
De regreso hacia el pueblo, una víbora de color rojo con amarrillo se desliza a
través del sendero, lentamente, segura de sí misma, como si mi presencia le
fuese indiferente. En la noche, sentado frente a la gran chimenea en el acogedor
salón del hotel, le pregunto a Martín, el gerente, qué tipo de víbora habría
sido. Me dice que un coralillo, y que qué bueno que no me picó, o no estaría
aquí para contárselo. Pedirle un trago fuerte al mesero me parece la reacción
más adecuada. |
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Frente al hotel se encuentra la
pequeña Misión de San Francisco,
fundada por los jesuitas, quienes cultivaron la vid e iniciaron la producción
vinícola antes de su expulsión de la Nueva España. Es así como el
Hotel Misión cuenta
con un pequeño viñedo, y su restaurante ofrece un vino que se anuncia como
producción propia. |
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Sobre la misma calle se encuentra un internado para
niñas tarahumaras, financiado por empresarios chihuahenses, en donde hay una
pequeña tienda de artesanías. Desde Cerocahui son 90 minutos de empinada subida
en camioneta hasta el Cerro del Gallego, el mirador hacia el
Cañón de Urique. El
pueblo minero yace 2,280 metros hacia abajo, al lado de un río que serpentea
como la larga y plateada huella de un caracol. |
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El observador de aves |
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Regreso al tren por la tarde para
seguir durante una hora y media hasta la estación Posada, pasando entre huertas
de manzanas, y por el pueblo de Cuiteco, con sus casas de piedra. A una altura
de 2,286 metros, aquí se logran, igual que en
Divisadero, unos kilómetros más
adelante, las mejores vistas de las barrancas. |
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El
Hotel Mirador se agarra de la
orilla del abismo, con una gran terraza con telescopio desde donde admirar el
inmenso paisaje que se extiende hacia el horizonte, las barrancas que se
acumulan como las arrugas en la piel de un elefante. En la terraza un hombre
toma fotos, armado con numerosas cámaras, lentes telescópicos y binoculares.
Fotógrafo y realizador de documentales, me contó que andaba tras la pista del
pitorreal, un pájaro carpintero de grandes dimensiones que, según "una fuente
muy confiable", había sido visto por la zona. El ave está considerada extinta, y
quería ser la primera persona en el mundo en captarla con su lente. En el bar,
en la noche, un guía de turistas y ornitólogo mexicano dijo lamentar informarle
que ahí no vería a su presa. Esa ave necesita de árboles más grandes, y aquí no
los hay, le dijo al decepcionado fotógrafo, aconsejándole viajar más hacia el
sur. |
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Desanimado, agradeció la nueva pista y juró
seguirla. Hay varios miradores cercanos, como
La Escalera, por la cual los
lugareños van y vienen desde sus casas, para vistas de distintos ángulos,
mientras la
Piedra Volada es una roca gigante que se balancea encima de otra, y
se tambalea bajo los pies cuando uno se asoma a la orilla. En
Divisadero, unos
kilómetros más adelante, el tren hace una escala de media hora, para visitar el
mercado de artesanías. |
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El final del camino |
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Pequeño pueblo maderero fundado
con la creación de su estación de tren, Creel yace entre bosques e insólitas
columnas de rocas erosionadas por el viento, que se asoman entre los árboles de
las afueras del pueblo en forma de hongos y monjes. Desde aquí se pueden hacer
varias excursiones interesantes, ya sea a lomo de caballo, a pie, en bicicleta,
o bien en camioneta, para visitar los sitios en los alrededores, como el lago de
Arareko y la cascada de
Cusárare, señaladas sobre la carretera. Hay tres
entradas de terracería, algunas de las cuales se vuelven inaccesibles en el
verano, cuando crecen los ríos. De unos 30 metros de altura e igual de ancho, la
cascada estaba congelada, largas gotas de hielo colgaban del acantilado como
estalactitas. |
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Varias familias de tarahumaras
habitan en cuevas cerca de Creel.
Abundan las tiendas de artesanías, el único cajero a lo largo de la ruta y el
pequeño Museo Paleontológico (López Mateos s/n; de martes a domingos; entrada
libre), que muestra algunos fósiles de dinosaurios encontrados en la región. De
aquí el tren sigue a San Juanito;
a 2,438 metros de altura, es el pueblo más frío de México. Poco a poco los
bosques de pinos le dan su lugar a enormes campos de trigo y maíz, y a las
huertas y campos menonitas de Cuauhtémoc,
antes de que el tren llegue a la ciudad de Chihuahua, su destino final.Hotel
Posada del Hidalgo |
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Cómo hacerlo |
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Salen dos
trenes de Chihuahua y dos de Los Mochis en cada dirección todos los días; el
de Primera Clase a las 6 horas y de Clase Económica a las 7. El primero llega a
su destino final (Chihuahua o Los Mochis) a las 22 horas y el segundo a las 23.
El precio de Primera Clase por el viaje entero de ida es de 1,319 pesos, y el de
Clase Económica, 660 pesos. Mientras el tren de primera cuenta con un bar y
comedor, con comida casera a la carta (el comedor abre de 7:30 a 20:30 horas y
servicio de bar de 10 a 20 horas), el de segunda cuenta con una cafetería que
vende frituras y botanas. Se pueden comprar boletos -- por el viaje completo o
por tramos -- en la estación, el mismo día o con antelación, o bien, al cobrador
abordo. |
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Dónde dormir |
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EL FUERTE |
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Hotel Posada del Hidalgo.
Hidalgo 101, Centro; Teléfono (698) 893-0242 y 893-1194; habitaciones
desde 1,228 pesos por noche, sin desayuno. Es una mansión de 1890 con jardines,
patios interiores, muebles antiguos y amplias habitaciones de techos altos con
vistas a la calle y a los jardines. |
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CEROCAHUI |
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Hotel Misión. Teléfono
(668) 818 7046; habitaciones desde 2,447 pesos con tres alimentos incluidos
(cena, desayuno y almuerzo), y traslado a desde la estación del tren. Ubicado
frente a la Misión, es austero y acogedor, con una gran chimenea en el comedor,
calentadores de leña en las habitaciones y alberca. |
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POSADA BARRANCAS |
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Hotel Mirador. Teléfono (668)
818 7046; desde 2,447 pesos por habitación, con tres alimentos y traslado a y
desde la estación del tren. En uno de los puntos más elevados, ofrece
habitaciones con balcón privado frente a los cañones. Cuenta con restaurante con
chimenea y una terraza con vista panorámica. |
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Los datos y precios fueron
cotejados al momento de la publicación; sin embargo, pueden variar.
Verifique los costos con las empresas antes de
planear su viaje. |
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